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    VIH/SIDA: El discurso del Ministerio de Salud de Chile

    Será hace poco más de diez años, que una mujer en Santiago de Chile me contó que llegó virgen al matrimonio. Virgen e intocada, como aquellas solemnes figuras de escayola policromada que se pueden ver en todas las iglesias.

     

     Escrito por Juan Claudio Álvarez Yáñez

     

     

     


    CARTA ABIERTA AL MINISTRO DE SALUD


    Su flamante marido –ella no lo sabía- era muy aficionado a ir de putas y, quién sabe, a qué otro tipo de convites. El resultado es que este inmejorable ejemplo de la más pudibunda educación sexual chilena se infectó de VIH, seguramente en la misma noche de bodas, producto del contacto del semen infectado con las lesiones infringidas al ser desvirgada, y pasado el tiempo fue sintiéndose un poco peor, un poco más fatigada, hasta que su marido – que tampoco lo sabía- cayó enfermo, y tras los análisis hospitalarios respectivos, acabó finalmente por llegar la hora de la verdad. Esta mujer, valientemente, contaba su historia a todo el que quisiera oírle, para acabar con esta frase hecha, como pocas, para el bronce: “A mí, la virginidad no me sirvió contra el VIH.”

    Si a alguien le cuesta creer que este tipo de situaciones se pueden llegar a dar, entonces todavía más le costará convencerse de que, a la vuelta de esa década o más, en aquel mismo país que hoy presume de estar por sobre sus vecinos latinoamericanos, el Ministerio de Salud aún hace mil remilgos para pronunciar una palabra que hasta el mismísimo Benedicto XVI se ha visto obligado a enunciar: PRESERVATIVO. Por lo que se puede apreciar en, al menos, dos anuncios que ha sacado al aire el Gobierno de Chile, se puede “tener SIDA” y no dar señas de ello. Se ha obviado hacer la importante distinción de que el SIDA no se tiene, sino que se está o no infectado por el VIH, un retrovirus que provoca una enfermedad infecciosa que cursa por distintas etapas y cuya última manifestación es el SIDA o Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. El VIH, se transmite sólo a través de cuatro fluidos corporales: el semen, la sangre, la leche materna y los fluidos vaginales. Frente a esto, la obvia precaución que cualquier médico o enfermero le recomendará es que USE PRESERVATIVO. Sin embargo, al Ministerio de Salud se le enredan tantas erres en la lengua, y ante la alternativa de utilizar el más coloquial vocablo CONDÓN, prefieren hacer la vista gorda y recetar el mismo remedio que a esta señora, que he citado al comienzo de estas líneas, le vino tan a cuento de todo lo que le ha tocado vivir después. Castidad, abstinencia, virginidad, y que el buen Dios nos ampare. Una castidad que, hoy por hoy, no la tienen ni los que la predican. Una abstinencia que no quiere saber nada de esa molesta realidad que es el deseo sexual, y que no acaba por ser más que el sueño húmedo de una perversión que no quiere saber nada del sexo, dejándonos a la vista no sólo las infecciones, sino las abultadas estadísticas de embarazos adolescentes o no deseados, abortos clandestinos y “primitos” llegados a vivir a casa, luego de que la niña se fuese de vacaciones a algún pueblo perdido en donde, quién iba a decirlo, también tenía familia. Doy fe de un caso en que una madre dio a luz su enésimo retoño… un tantín más morenito que el resto. Un día, bajó la madre hecha un ataque de nervios porque el bebé yacía muerto en la cuna. “Muerte súbita”. Pero no. Era el hijo de su amante -más moreno que su marido, por cierto- pero ella no podía abortarlo. Habría tenido que dar al traste con todo su pretendido árbol valórico, reconocer la farsa enorme sobre la que se montaba su religiosísimo matrimonio – y de paso, dejar en evidencia que prefería las dotes de su amante a las de su marido, a esa hora endiablada en que ciertas partes comienzan a picar entre los calzones y la cama.

    Y digo rasgo perverso, porque poco hay más perverso que la construcción de un discurso hecho específicamente para negar, para travestir, la propia realidad de la carne palpitante. Negación que es también goce de la supuesta santidad que tal castración psíquica promueve. Ya decía Cioran que, para ser santo, hay que estar muerto en vida. Y digo perverso, porque a sabiendas de lo que se cuece entre tales calenturas, el Gobierno de Chile llama a mirar para otro lado, y morir de viejo “que es más divertido que morir de SIDA”. Extraño descubrimiento hecho por el Ministro ya que, hasta ahora, sólo se sabía que era divertido morirse de la risa. Para más prueba, pásese usted por un funeral y vea los compungidos rostros de los deudos, o asómese al ataúd y vea la faz del cadáver. Todavía no sé si los haya con tal maquillaje que muestre al difunto a punto de reventarse de la risa, caso en el cual aconsejaría apurar los oficios y enterramientos, no fuera que la broma nos acabase de enturbiar el día, ya de por sí demasiado oscuro.

    En este punto me podrá decir el lector: “cómo se atreve a burlarse de nuestros muertos y de nuestro dolor”. Y tendría el lector toda la razón. Porque, Señor Ministro de Salud, para que Usted lo sepa, morirse no es divertido ni para los payasos. La muerte es una circunstancia dolorosa para los más allegados al difunto, y siempre un tránsito final en el cual – si tenemos suerte- podremos revisar lo que hemos sembrado y cosechado, y concluir en la aceptación consciente de un destino común a todo lo viviente. Falta Usted el respeto de la manera más grosera tanto a los que han muerto de viejos como a los que no lo han hecho y, sobre todo, se burla con un cinismo sin parangón de todos aquellos que han fallecido por la infección de VIH, sin contar también a muchos que no han podido soportar esa carga y han acabado por suicidarse. Le retratan los hechos, y le ponen en evidencia no sólo el no querer saber de las infecciones, dejando al VIH metido dentro del fantasioso catálogo de los males teologales, sino que además no quiere tampoco saber de los muertos. Ni de la causa de la muerte, ni de cómo se propaga, ni del negro punto final de dolor que acarrea una enfermedad mortal. Es decir, si bien no sabe actuar como médico, sí sabe actuar como un remedo de avestruz desplumada que, queriendo ser cómica, es ramplonamente escandalosa. Ni ha actuado como médico, ni le ha resultado hacer de cómico.

    Y si esto es así con los muertos que, al fin y al cabo, ya no se quejarán de nada, ¿qué queda con los vivos? ¿Sabía Usted, Señor Ministro, que existe un tratamiento con el cual las personas que viven con VIH pueden mantenerse en buen estado de salud, llevando una vida normal? El VIH no se ve. Sin embargo, sí son notorias y notables las diarias expresiones fóbicas de personas o colectivos en contra de quienes conviven con esta enfermedad que, dicho sea de paso, los actuales tratamientos, si están bien llevados, han ido volviendo menos transmisible hasta el punto en que ONUSIDA ha explicado que dar cobertura universal podría implicar acabar con las nuevas infecciones. Mas, si lo consideramos en términos de salud y bienestar psicológico, no da lo mismo que una persona que convive con VIH deba vivir en silencio su condición, como si de un crimen vergonzante se tratara. Un desafío mínimo, en términos de salud comunitaria, sería el trabajar por integrar a este colectivo y dejar atrás estigmas que nada tienen que ver con la realidad. No obstante, sí es cierto que se trata de la vida privada de cada uno, y cada uno contará lo que tenga que contar, a quien quiera contárselo en el momento que considere oportuno. Aún así, y considerando todo lo anterior, el Ministerio de Salud parece olvidar que, tras su amago de anuncio llamando a hacerse la prueba del VIH, existen personas que han vivido con varicela y herpes y un montón de enfermedades oportunistas, de las cuales muchas veces aún llevan secuelas. Debería tener, si no la capacidad para conducir un Ministerio, al menos la decencia de no mentar la soga en la casa del ahorcado. Somos muchos los tocados por esta realidad, ya sea por amigos muertos, familiares, diagnósticos propios, o todo eso junto más un extenso relato de historias, tan extenso como la vida misma que, al parecer, tendrá Usted ahora que descubrir, si es que desea seguir haciendo de ministro con un mínimo de efectividad. ¿Tendré que ser yo, un poeta, quien le diga que las enfermedades infecciosas se transmiten a través de vectores ya bien establecidos, y que frente a ello existen barreras que pueden ser utilizadas para evitar la propagación?

    No obstante, debo darle crédito en algo: ha sido Usted más papista que el Papa. Más papista que el mismo Benedicto XVI. ¿No ha pensado en que, quizás, su futuro estaba en las sotanas y no en las batas médicas? Porque, visto lo visto, hubiese hecho mucho mejor en dedicarse a catequista, cura de pueblo o monje de clausura, pero nunca, nunca de médico ni menos de Ministro de Salud.
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